Hook
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Un día, mi amiga Emma y yo discutimos. Desde entonces, dejamos de hablarnos. Al principio todo parecía normal, simplemente no nos dirigíamos la palabra ni nos tratábamos. Pero todo cambió cuando Emma empezó a juntarse con las chicas populares del colegio: Emilia, Sara y Alexa. Eran conocidas por ser crueles, burlonas y manipuladoras. Se burlaban de otras chicas, las acosaban y todas les tenían miedo porque se decía que le habían quitado la vida a una chica por mirarlas mal. Nunca se metían en problemas porque sabían cómo inventar historias convincentes para engañar a los maestros y los maestros tampoco le tomaban importancia a lo que sucedía. Emma nunca había encajado en ese grupo. De hecho, solía criticarlas, decía que eran malas y que no las soportaba. Por eso me sorprendió que empezara a exigirles el juego, obedeciendo todo lo que le decían solo para encajar. Poco a poco, las burlas comenzaron a dirigirse hacia mí. Me hacían bullying, pero yo las ignoraba, sabiendo que eso les molestaba aún más. Un día, una compañera llamada Lucía me vio sola y decidió acercarse. Era amable, noble y me hacía sentir acompañada. Durante un recreo, Lucía llegó corriendo y asustada. Le pregunté qué pasaba y me contó que había estado en los baños lavándose las manos cuando Emma y las populares entraron. Lucía intentó irse, pero se detuvo al escuchar que hablaban de mí. Se quedó afuera escuchando. Emma les pedía que se vengaran de mí, que me hicieran daño porque, según ella, yo hablaba mal de ellas. Me quedé en shock. Nunca las había criticado, ni siquiera hablaba con ellas. Lucía me advirtió que tuviera cuidado. Al día siguiente, mientras estábamos en el recreo, notamos que Emma y las populares nos observaban fijamente como si estuvieran planeando algo. Minutos después, se acercaron y se pararon frente a nosotras. Una de ellas dijo: Oh, qué bien, ya la critico, tiene una estúpida a su lado. Ojalá esa estúpida desapareciera. Tú no mereces tener amigos. No respondí. Tomé a Lucía de la mano y nos fuimos. Ese día sentí un mal presentimiento, como si algo terrible estuviera por pasar. Cuando llegó la hora de la salida, Lucía se fue sola como siempre. Me preocupaba que le hicieran algo, pero ella me aseguró que estaría bien. Al día siguiente, Lucía no apareció, desapareció sin dejar rastro. Yo sabía que ellas estaban detrás de eso, pero no tenía pruebas. Desde entonces, comenzaron a acosarme de forma violenta. Me empujaban, me golpeaban, me tiraban la comida. Intentaba defenderme, pero no podía, eran cuatro chicas contra yo. Me dejaban marcas, me hacían heridas, me quemaban con fósforos y cosas mucho peores. Días después, encontraron a Lucía sin vida. Me sentí devastada, siempre me costó demasiado aunque sea socializar. Ella había sido mi segunda amiga después de Emma, la única amiga verdadera que tuve. Sabía que tenía que hacer algo. Lo peor fue pensar que todo había comenzado por culpa de Emma, una persona que llegué a considerar una amiga. Pero la gota que colmó el vaso fue encontrar a mi perro sin vida frente a mi casa con una nota que decía: Tú no mereces nada, estúpida. Ahora tu amiga y tu tonto perro te esperan en el infierno. Con mucho amor, tu grupito de amigas. Mi perro era mi único amigo, el único que me apoyaba. No saben el odio y tristeza que sentí. Mis padres nunca me prestaban atención, así que decidí vengarme, pues a nadie le importaba, así que no habría problema. Busqué las cuentas de Instagram de las chicas. Empecé por Alexa, una de las más manipulables. Me hice pasar por un chico y la convencí de encontrarse conmigo en una dirección. Era un callejón oscuro y solitario. Fui con una máscara, la inmovilicé, le tapé la boca y la dejé fuera de combate. Luego seguí con Emilia.